Eso es lo que observo de las oficinas,
son en ocasiones como esos hospitales psiquiátricos
que nos muestra el cine, que nos muestra la realidad:
los encargados te quieren sedado y deambulando, ausente;
silenciado por esos parcos pasillos,
hasta que llega un cuerdo
que se hace pasar por un loco más
y los despierta a todos.
Me pasa muy seguido a la hora que despierto,
en el sillón junto a mi cama,
tomándose un mate, fumándose un cigarrillo,
está el verdadero yo; lleva horas despierto
o tal vez sin dormir, observándome para preguntar
por los argumentos que lleva pidiendo para aceptar
o convencerse de esto que día con día
le indico que acepte,
después para gritarme que le parezco imposible,
y no entiende cómo me gusta seguir,
si lo que él ofrece, es mucho mejor, más sencillo.
Lo observo, me levanto y hablo de un pacto.
Me termino su cigarrillo, me tomo un mate y está ahí,
con su pantalón corto, sus tenis, su chaqueta delgada:
con su cara de gato, su balón, su saxofón, su pluma, su libreta;
siendo él para dejar de ser yo o dejar el disfraz, ese pesado e inerte disfraz.
Estamos siendo de verdad, estamos ocurriendo.
Ese soy yo, sin espejo, tan sólo yo.
Ese soy yo: mal hablado, alburero, vulgar, alegre, bromista,
sarcástico, amable, impulsivo, impaciente;
quien no acepta las cosas como le son dadas,
con montones de música, con algunas palabras,
con algunos bailes, con algunas historias,
con tantos lugares y tantas comidas, con tantas personas;
ese soy yo, con un solo tiempo al que hay que atender
porque sólo seré esta vez.
diego lara
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