viernes, 29 de abril de 2011

Ciudad limpia, ciudad amable

La ciudad limpia perdió ya
esa etiqueta que por tiempo ostentó,
mucho alberga la vida que corre
en historias rojas que se disuelven
en el temor que impera.

La ciudad amable durante mucho tiempo
mostró que el rugido más estruendoso
era un esfuerzo colectivo remarcado en pirotecnia
para exhalar la euforia y la alegría;
esos tiempos, esos momentos fueron enmudecidos,
ensombrecidos por los belicosos, abyectos y aberrantes
impulsos de un cáncer que evoluciona,
que se extiende y se alimenta de nuestra complicidad,
nuestra complacencia, nuestra indiferencia,
nuestra indecisión, nuestra ineptitud.

¿Hasta dónde abarca nuestra jurisdicción?
Siempre el reflejo será delegar o detectar culpas,
frenar y reclamar a una estructura que teóricamente
nosotros definimos, y que halla gran porcentaje
de su excusa en la ausencia de participación.

Trato de no escapar a mis obligaciones,
más quizá estos líderes perciben el instinto de supervivencia
de un modo totalmente diferente al que la mayoría
reconocemos; es cierto, ellos también experimentan
una versión de las emociones, pero son también
quienes más gozan de las bondades de su posición;
bondades que no temen aprovechar y así,
poner a disposición de quienes los consagramos,
paupérrimas muestras de promesas que los privilegiaron.

La vida es un tango, y si tropezamos hay que seguir bailando,
hay que seguir siendo pareja, hay que seguir compartiendo,
hay que seguir jugando, hay que seguir viajando,
como hasta hoy hemos hecho.




gatts


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