Para Mateo y Daniel.
Dijo un amigo: el amor verdadero.
A esta altura o quizá a ninguna podría considerar que soy un entendido y definir el amor verdadero.
Que es ciego, que es lo primero que piensas y también lo último, ¡bah! montones de cosas por amor.
En otra época habría hecho comparaciones con el de Romeo y Julieta, el de Bonnie y Clyde, el de Alice y Noah, el de Sarah y Johnathan, pero ninguno se parece.
No estoy seguro de recordar, le tiran carro al Pollo Tobías, le agradecen a Panchillo Cervantes.
En la tele miraba todo juego que pasaban; sin preguntarme, sin analizar, ya me caía mal el América por comprar árbitros, y no puedo comprobarlo.
Habré faltado a muchos, pero quiero presumir que no, que cada 15 días durante 8 años -con los insoportables recesos de siempre- fui al Marte R. Gómez a ver a mi amado Naranja contra quien fuera.
Muchas dificultades el primer año en ese mundo nuevo que todos añoramos conquistar: trapeados en casa y de visita.
Efímera experiencia.
Se compró una franquicia y vamos de nuevo.
No recuerdo el orden en que ocurrieron.
Los hostiles domingos a mediodía en Ciudad Victoria, con una afición muy castrosa que cada gol a favor lo festejaban arrojando agua. Quiero creer que era agua.
Domingos de 40 grados o más porque la cancha era regada temprano.
Bajo esas circunstancias cayó el temible Atlante, 2 a 1; aplastamos al todo poderoso América, 5 a 1 y tenía miedo que nos fueran a alcanzar o, peor, que estuviera soñando. Pusimos a temblar al Puebla de Arabena y Poblete, 3 a 1 en la ida de los Cuartos de Final; le ganamos un juego decisivo a Rayados, 1 a 0 y los regios que hicieron el viaje no entendían cómo no teníamos tablero electrónico en alguna de las cabeceras.
De visita un recordado 5 a 5 en el Estadio Tamaulipas, pero gestamos la paternidad sobre los jaibos, porque lxs tenemos de hijxs y es, aunque costumbre, el triunfo más hermoso, porque han estado en el Olimpo futbolero de México, pero lxs tenemos de hijxs y vivirán así por un tiempo más, con ese dolor aunque quieran vender otra cosa.
Somos un equipo del ascenso, llevamos ahí más de 20 años.
Tampoco puedo comprobar que haya ocurrido, pero de otro modo no se entiende esa Final perdida contra Tigres, nos vendimos. Después creo que otra vez contra León.
Y si son ciertas, son traiciones terribles, dolores irreversibles.
Un domingo 1 de junio de 1997 lloré por primera y única ocasión hasta hoy por un equipo de futbol. También creo que por eso odio a los Tigres.
Buenas temporadas en el ascenso y caer una y otra vez.
Estoy a más de 8 mil km del cruce de las calles Alberto Carrera Torres y Mier y Terán, pero no me olvido.
A veces uno externa simpatía por otros colores por sentirse parte de ese universo de primera, pero no se puede arrancar algo que va en la piel y en la sangre; de club no se cambia jamás por pequeño que sea, aunque seamos del ascenso.
No sé si a mi pareja le perdonaría esas traiciones; a veces te odio y no quiero verte más, pero poco me dura ese berrinche porque junto a ti me enamoré de este bello deporte, y me duele que te hagan algo, y soy el más feliz cuando logras algo.
Junto a ti es cuando más auténtico he sido, y sentí miedo, coraje, nervios, tristeza, felicidad, y algunxs lo entenderán.
No vengan y me digan que es un simple juego, que no es para tanto, porque ¡chingado! ¡no entienden nada!
Me pides que crea y me desgarro la garganta gritando tus triunfos, y siento un pinche vacío enorme cuando nos va mal, y no duermo esperando tu suerte, dejo de comer, me da por beber.
Ahí contigo es el modo de vida, sin prejuicios, abrazando y saltando con un perfecto extraño; cantando y alzando a la chica de junto, de quien tal vez no conozca ni medio minuto, pero la veo los domingos profesando el mismo inexplicable amor y eso nos une.
Todo te perdono. Te pienso al despertar y rezo por ti antes de dormir.
Por si alguien me pregunta, tu nombre, Correcaminos, es la mejor manera de definir el amor verdadero.
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