martes, 25 de junio de 2013

Lo que hice en mis vacaciones (verano del 2001)

A Sacheri y Fontanarrosa.

Cada lugar tendrá sus pasiones, su manera de vivir las cosas; tratándose de Ciudad Victoria, en lo que refiere a su esencia, sus pasiones incluso pueden ser pocas, pero pasiones al fin.

A decir verdad, nunca entendí la rivalidad; es más, ni siquiera alguna vez me detuve a preguntar. Andando de metiche llegué a escuchar que el problema es que a la gente de Tampico le pesa el hecho de que Victoria sea capital; y es que Tampico con el puerto, siendo una ciudad más grande, habiendo dado gobernadores recordados con gran cariño por su labor, ganadoras de certámenes de belleza a nivel nacional, icónicos artistas, siendo una potencia por el sindicato petrolero, con un equipo de futbol que fue campeón de la 1ª División, sede inicial de la Universidad Autónoma del estado, llega a ser entendible el reclamo dado lo que ostentan, contra una ciudad  sin puerto, que ha dado los últimos gobernadores y que francamente dan tristeza, y quizá sin todo lo demás, pero es la capital. Pudiera dar motivos de la belleza de Ciudad Victoria, pero no es el punto.

De lo que recuerdo es que gente de Tampico me llamaba “ranchero” y “bicicletero”, igual no entendía la rivalidad. No entender no me tenía exento de la situación. Siempre supe que los celestes, la Jaiba Brava era, es y seguirá siendo el odiado rival, nuestro clásico, el equipo a vencer así se pierda el resto de la temporada, contra ellos, ¡nunca! Los tres clásicos que fui, los ganó Correcaminos, sólo que es uno el que recuerdo en particular.

Aunque estuviéramos en 3ª División, la pasión sería la misma.

A Tampico nunca he ido a un juego y la verdad, ni quiero… San Mateo 5:5; no me atrae en lo más mínimo ir a su amado Estadio Tamaulipas, me imagino que huele mal y que estaría inmerso en una especie de barbarie con gente que ni siquiera sabe usar los cubiertos; y no es por miedo, pero uno que es civilizado, nacido en una ciudad cuna de hombres pensantes como el tipo que llegó una noche al Batacazzo (un mini súper en el 33 Juárez). El sujeto llegó ya muy pedo contando que estaba en una cantina, obviamente en proceso de destrucción, y tuvo a bien retirarse porque ya otro de los presentes quería terminar la velada agarrándose a chingazos justamente con el ahora payador.

Dado lo explicado, no quedó más que la curiosidad de si por miedo aplicó fuga o qué pedo, y nos responde:
-          ¡No! Lo que pasa es que el vato me dijo: “¡sobres, puto… párate!”, y como le dije que no, me dijo: “¡chinga tu madre!”
-          ¡No mames! Y ¿no le dijiste ni madre? – pregunté yo, ya muy entusiasmado con la plática.
-          ¡Sí! Le dije: “¡ah, qué bueno que me la recuerdas! Hace mucho que no la veo”, y me salí.
Bueno, personas así de pensantes.

De verdad creo que huele mal, los culeros viven en la prehistoria pambolera, alguien contó que hubo una vez un equipo, allá por los años 50’s del siglo XX, que ganó un título; y aclaro el siglo porque así como estos cabrones aún recuerdan su título, yo estoy seguro que siempre les recordaremos esta atoradota que ahorita les voy a contar. Está bien que lo recuerden, pero tratándose de clásicos tamaulipecos, podrán presumir lo que sea, pero la mayoría de los enfrentamientos, ¡nos han pelado toda la riata!

Estos putos están chingue y chingue que Correcaminos nació en Tampico, acá no es tema eso; lo que sí es tema es que en 23 ocasiones que nos hemos enfrentado, 11 nos la pellizcaron, 6 fueron empates, y 6 nos desentendimos del futbol y por eso no le dimos importancia, es más, ni se saben esos resultados. Además los puñetas hubo un tiempo que fueron la Jaiba Naranja… ja, ja, ja, ja… se marcan solos.

Fue un domingo, 12 de agosto del 2001, entonces era Torneo de Invierno, jornada 3. Los pinches perros estos traían de estrella a Héctor “la Yaya” Álvarez, que años después lo evangelizamos y se volvió alguien jugando para la verdadera Naranja Mecánica; de hecho en su primer partido con Correcaminos, la raza le cargó calor porque falló un chingo de oportunidades de gol y por eso le gritaban que si se había chingado un jotito.

Como lo leen, la verdadera Naranja Mecánica es de Ciudad Victoria. Los historiadores de futbol no lo cuentan todo, los muy zánganos no cuentan que a principios de la década de los 70’s, Cruyff y Michels visitaron la capital tamaulipeca porque un menonita que se regresó para Ámsterdam les dijo que los tacos de la Estación y las originales gorditas de Doña Tota, eran afrodisiacos, ya ven que para el mundial del 74 Cruyff andaba pugnando para que los dejaran llevar a sus parejas a la concentración por si llegaban a necesitar desflemar al cuaresmeño; pues ahí está el dato, sin costo para que no los cuenteen. Bueno, estos dos cabrones visitaron Ciudad Victoria y andaban en la Plaza Hidalgo, tomaron el camión azul queriendo irse a la central, pero llegaron a la Uni en donde hallaron una cancha y al Correcaminos entrenando, como vieron que eran bien riatas y vestidos de naranja, ellos le llamaron “la Naranja Mecánica”.

Lo que Cruyff y Michels no sabían, era que antes que existiera oficialmente el Correcaminos, ya había un equipo vestido de naranja, pero sin nombre.

Anthony Burguess que no hallaba cómo nombrar su novela, visitó Ciudad Victoria porque se acababa de revelar que los últimos habitantes de la Atlántida se establecieron en la antigua Villa de Santa María de Aguayo y quiso curiosear, entonces hizo el viaje quedando sorprendido del funcionamiento del equipo naranja, como relojito, como máquina y así los bautizó y de paso halló el nombre de su novela que después Stanley Kubrick hizo película. Si no me creen… proverbio chino, es decir, me vale madre.

Correcaminos traía de estrella al uruguayo Daniel Rosello, la Yaya era argentino, bueno, debe seguir siendo porque aún vive, aunque un día deje de hacerlo.

El estadio, el verdadero Teatro de los Sueños, el verdadero Cementerio de Elefantes, si no que le pregunten al poderoso América que se tragó un 5 – 1 y no importa que a la vuelta nos la hayan dejado caer peor; este punto no lo voy a explicar y se chingan.

El Marte R. Gómez no lucía lleno, de hecho había, bueno podía uno llegar a la mera hora y encontrar boleto, como fue mi caso. No recuerdo el costo de la entrada, pero recuerdo que entré a la zona de Sombra, la “nais”, la chidota, el pedo fue que estaba sentado justo al lado de la porra de la Jaiba y eran un chingo, se veían más que nosotros; luego ese pedo, después de 90 minutos, se volvió el motivo de este recuerdo. A quien más recuerdo es a un pinche jaibo gordo sentado casi en la primera fila. El muy marrano traía la camiseta celeste en la mano porque estoy seguro que no fabricaban de sus proporciones.

Con todo y que nos estaban haciendo la fiesta en nuestra propia cancha: cantaban, brincaban, un chingo de banderas; todavía no comenzaba el juego y ya nos estaban pegando una chinga.

Para el medio tiempo la cosa era distinta, Correcaminos iba ganando 3 a 0, ¡no mames! ¡3 a 0! En la chingada vida te imaginas un clásico así, me lo pudieron preguntar un chingo de veces y nunca se me habría ocurrido ni pa’ la pinche quiniela. Eran un velorio celeste, tenían la cara desencajada, se los estaba llevando la chingada, 3 a 0 y tener que aguantarnos, salir de la Ciudad, que aunque no es grande, el tramo del estadio a la salida a Tampico, sería un suplicio; no es por pegarle al Careca, pero la raza en Victoria es castrosa como muy pocas. Lo de pegarle al Careca tampoco lo explicaré.

Ah qué pinche felicidad recordar a estos mudos, ni ganando la lotería les volvía la sonrisa; cabe mencionar que en efecto la habían estado engrosando y ahora no hallaban qué mierda hacer.

Otro detallazo era que el DT de ellos era un nacido en Victoria: José Luis Saldívar, la Pedorra; no sé, capáz que lo linchaban por la atoradota que se estaban llevando, digo a como estaba el primer tiempo, todo indicaba que el juego podía terminar 7 a 0 y con el orgullo jaibo, destruido; porque esas cosas son difíciles de cobrar, como los Rayados cuando mandaron a 2ª a los Tigres, como el 5 a 0 que le atoró Chivas al América, o como platicaba Fontanarrosa del 1 a 0 que le obsequió Central a la Lepra en la semifinal del Metropolitano del 71; ¡¿cómo?! ¡¿Cómo le haces para vivir después de semejante humillación?! Ahí entra la pendejada de que es sólo un juego y no es para tanto, bueno para eso Sacheri dio la mejor explicación de lo que ocurre con este juego, El Juego; quien diga que no es para tanto, nada sabe de futbol.

Es fecha que me pregunto: ¡¿qué coños hizo, les dijo o les dio Saldívar, que para el segundo tiempo todo les salía?! ¡Parecían orquesta! Me hicieron pensar en la posibilidad de que Space Jam es verdad y que este güey les dio agua de Maradona y ahora eran todos unos cracks.

Terminó el velorio celeste, o bueno, le cambiaron la decoración al velorio, ahora era todo naranja; hallaron el remoto y le quitaron el “mute” a la pinche porra jaiba. Volvió la fiesta y comenzó el suplicio nuestro.

Ahí estaba a un costado de los hinchas tampiqueños, viéndolos gritarme en la cara el 3 a 1, el 3 a 2, el 3 a 3; ¡los muy perros empataron! ¡La pinche Yaya se ensatanó y metió los 3! ¡Pinche culero! Y el puto gordo con su pinche camiseta colgando del brazo como si fuera bandera, el muy puto comenzó a gritar: “¡aquí está papá, pinches rancheros! ¡Ahora sí festejen, pinches bicicleteros!” Ahora teníamos que pensar nosotros: ¡¿dónde carajos nos íbamos a meter?!

Ir ganando 3 a 0 y de pronto ya te empataron, ahora todo indicaba que iban a darle la vuelta, nos iban a humillar en casa, nos la iban a dejar caer, ya éramos rancheros y bicicleteros, ahora ¡¿qué nos iban a decir?! Estos ojetes no se iban a ir nunca, el gordo cada vez que hablaba se ensañaba más con los comentarios; los comentarios valen madre, lo que chinga es la risita, y ahí, cuando más oscuro se ponía el panorama, porque estaban encima, su porra crecida, se venía un día trágico.

El gordo estaba al borde del colapso, se levantaba, volteaba y se burlaba el cabrón, con su camiseta en el brazo; fue ahí cuando se volvió a pintar el mundo, la gran tarde de la Yaya quedaría como algo que pudo ser, pero no será jamás. Estoy seguro que aunque hubiera sido empate, nos lo iba a cantar y con justa razón.

Si no le fallo, cerca del final, apareció Daniel Rosello y le devuelve la vida a la Ciudad… ¡tomen, perros! ¡4 a 3! Ja, ja, ja, ja, ja… yo me olvidé de la cancha, me dediqué a disfrutar cuando un hermano correcamino bajó hasta donde el gordo, agitó la bandera, nuestra bandera, la bandera naranja y le gritó: “¡ahora sí festeja, pinche marrano!”, luego se acercó otro, con otra bandera a hacer lo propio y gritó: “¡órale, pinche gordo, aquí está tu papá!”. Ya no quedaba tiempo, la hazaña quedó en intento, Correcaminos ganó y los jaibos sirvieron una vez más de tapete para que pasara la estrella.

La inmensidad del cuerpo y la tristeza del gordo, hablaban por toda la afición visitante; eso era muy humillante porque sintieron haber logrado algo para burlarse toda la vida y ahora tienen que vivir con ese 4 a 3 y seguir pidiendo permisos en la capital y se chingan, es más, ya ni equipo tienen.

No lo tomen a mal, pero está claro que para ser padres hay que tener hijos, el pedo es que un padre debería estar orgulloso de su hijo y no es el caso, tristes jaibitos.

Esa tarde fue fiesta en Victoria, fue carnaval, los espíritus de la Ciudad se armaron una felicidad en corso; ahí por las calles, de las paredes emanaba la batucada de Tarura, los carros en caravana parecían como si los construidos por Pablo “el carbonero”, cobraron vida; un montón de Chichos Locos se soltaron, bueno andaban sin playera nada más; y hasta parecía que en el horizonte, allá bailando al filo de la Sierra Madre, brindaban Belmares con sus bachas, Mago Delgado y Jorge Castillo, mientras su amigo giraba el sobrero, metía una mano por entre los botones de la camisa y silbaba la Marsellesa.

A los pocos días regresaba a la escuela, y si entonces alguna profesora me pidió un relato de lo que hice en las vacaciones, que no creo porque ya estaba en el CBTis y a esas alturas ya no acostumbran esas actividades, pues entonces tantos años después aquí le entrego el pendiente.

viernes, 7 de junio de 2013

¿Por qué prefiero el invierno?

Incluso a mí me parece realmente estúpido sabiendo que a la estética instintiva le toca quedarse en la banca. Pero esta otra estética te deja gélido y no precisamente por el tiempo; se llena de todo.
Te das cuenta que todos nos buscamos un espacio para tatuarnos en la memoria tantos detalles; ¡ah! porque para esto vamos caminando, te acompaño a tu trabajo y aunque el solazo justifique los lentes oscuros, a esta altura sabrás que bien puedo andar sin ellos, pero que es parte del acervo colectivo y que muchos procuramos mantener vigente.
Bueno, incluso la gente, de 100, 100 me van a cuestionar, pero esta estética, la que defiendo, simplemente tiene sentido cuando alguien como tú, se refugia en alguien como yo; tontos enamorados que se hacen los rudos; tus nervios, los míos, mis nada elaboradas indirectas y que al fin sucede.
Ahí estamos los dos, a mitad de plaza, cualquier plaza, la que a ti te guste; porque tú tienes tus plazas, tus comidas, tus músicas, tus flores, tus momentos, y yo los míos, pero éste tumbó a todos para echar raíces en la categoría de “el mejor”. Brincas un breve charco porque algo te llama a pasarlo así, y mientras tus manos aletean y miras como vuelas por encima del charco y el charco hace una danzante réplica de tu sonrisa, ahí me voy tatuando en la memoria lo que estoy viendo y me animo a bocetar no sé qué tantos cuadros más; eso no está en el acervo colectivo, pero parece que está en el mío desde hace tres vidas y a mi todo me llama a ponerlo vigente.
Te gastas unos minutos soplando a tu café y yo te miro mientras tomo mate, o ambos tomando mate. De un golpe desapareces el alfajor y volteas a verme, tu mirada busca aprobación, pero tú en general no cabes del gusto y tu carcajada despide boronas que quizá en silencio reclames.
A esta altura me parece que el temblor en mis manos y piernas, se ha controlado; vamos por tu plaza, por la mía, y en ese mundo que vamos creando como el sorprendente mundo que se crea un ciego con cada centímetro que toca y aunque lo vuelva a tocar es distinto, ahí suena toda la música de nuestra película; te adelantas un poco y encuentras unos escalones donde te colocas uno arriba y extiendes tus manos para hacerle valla a mi arribo.
Si quieres hablamos del resto, de una variante de lo más importante de lo menos importante, palabras de Valdano.
Un señor bolero, se fuma sus pensamientos, no sabemos dónde está, sentado con un semblante ajeno, quizá lo abandonó alguien o hasta su soledad, o lo hallamos recordando el gol que metió hace 50 años y que le valió la eternidad en el barrio, porque liquidó al barrio de junto. En el horizonte a su espalda, dos uniformadas despavoridas porque se escaparon de lo que consideran un reclusorio gracias a la directora, quien vive amargada por culpa del ahora bolero que prefirió arriesgarlo todo por algo que no fue y que pensándolo bien, es tal vez lo que está mirando mientras fuma. Recuerda que es lo más importante de lo menos importante.
Por eso prefiero el invierno, digo, por si te lo preguntabas.


domingo, 19 de mayo de 2013

FRAGMENTO: Otro domingo

Este domingo sí salió distinto.
Cual si fuera chiste: "estaban la Marquecita Guadalupeque (zanganus golosus) y el Pibe Oriental decidiendo dónde comer..."

Mira lo que pasa con dos insurgentes unidos en estos tiempos: un lugar de comida muy variada, que no me es posible definir el tipo, no porque conozca de cocina, sino porque es muy variada; tan variada como el orden que nunca hallé en la librería. Además el tiempo y los grandes comentarios disfrazados entre la escasa ventilación y cualquier otra tontería, pasan a ritmo de reggae; hay libros, igual muy diversos, y una improvisada decoración que me animo a decir, surgió bajo el efecto de algo y en nombre de la buena vibra.

Ahí, muy sugerido, como queriendo no ser descubierto, como en secundaria aquella compañera de holgadas ropas, cuando se acentúa el gusto por sus curvas y la devoción por lo que el uniforme detalle y los descuidos intencionados y los verdaderos permitan distinguir, y que en un prometedor festejo de quien realmente no interesa, descubrimos tan desarrollada, tan crecida, que merece todos nuestros pensamientos y lo que a las manos se les ocurra con ahínco, con prisa, con calma, hasta arrebatarnos una sonrisa algo agitada; así fue para mi, y tal vez estés de acuerdo, conocer La Gua-Gua, aunque debo aclarar que para ti quizá sería el compañerito ejercitado que en educación física hallaba espacio para sonreir y acomodar su fleco, porque a esa edad todos queríamos ser Brandon Walsh, James Dean o el galán de la novela de las 7, y hasta ahí me voy para dejar fuera la amplitud de las circunstancias.

Mina y Ramón tocan reggae, cocinan Moño Ñongo y tacos del maniaco, cautivan con las limonadas de un tal José a quien de cariño llaman "Pepito"; quién lo pensaría, estos insurgentes del siglo XXI, tan globalizados, en su muro virtual, donde imperan la paz y los "brothers" o "carnales", lleno de "me gusta". Lindo plan para domingo.

Todo esto lo resuelvo al mirar que recién me llegan noticias tuyas luego de recordar tu apuro por recordar un poema de Benedetti, mientras termino de convencerme que carezco de argumentos para Catón, mientras señalo a mis paisanos-parientes luego de pedir café y avanzamos imaginando que paseamos por Temperley.




Augusto Lombardo

martes, 12 de marzo de 2013

El origen del juego

Así como me parece que el aroma del café asciende siguiendo la pauta del jazz, el futbol, me parece, ocurre a ritmo de tango o de un híbrido entre ambos, sentimiento y estética...

gatts

Nunca antes habían visto este escenario, así de caprichoso es este juego.
Lo habían ganado casi todo: rompieron récords, obtuvieron premios individuales, lograron copas locales, copas internacionales, cinco años atrás lograron el único tricampeonato en copas mundiales.

Preparado para tirar el penalti estaba una gran figura, una leyenda en activo. Debutó a los 17 y en 19 años de carrera, había pateado 249 penaltis y todos los había anotado; tan seguro de sus cobros que incluso sus compañeros desechaban la posibilidad de un contra remate, ni siquiera se acercaban al área.
Parado a metros del balón, con la portería como capa, estaba una gran figura, una leyenda en activo. Debutó a los 20 y en 18 años de carrera, le habían tirado 249 penaltis y todos los había detenido; tan seguro de detenerlos que incluso sus compañeros desechaban la posibilidad de un contra remate, ni siquiera se acercaban al área.
Sólo en dos ocasiones tuvieron la oportunidad de enfrentarse; la primera, el gran goleador se ausentó por un desgarro en su muslo izquierdo; la segunda, el gran arquero presentó una fuerte fiebre que lo dejó fuera.
Por primera vez estaban ambos en el campo, frente a frente, en un día crucial. Era la última jornada del torneo, el equipo del goleador necesitaba ganar para ser campeón; al equipo del arquero le bastaba el empate; al término del partido ambos se retirarían de su profesión.

Sin duda era algo épico, algo que no se había visto y los dioses querían que fuera más epopéyico. En el minuto 90, cuando parecía un 0-0 lapidario, el árbitro marcó un penalti que definiría si el goleador se retiró siendo campeón y habiendo anotado los 250 penaltis que tiró en su carrera, o el arquero sería campeón habiendo atajado los 250 que le tiraron en su carrera.
Justo antes de que ambas leyendas tomaran sus posiciones, se aproximaron, se dijeron algo al oído, se fundieron en un abrazo y como duelo por el honor, se dieron la espalda, avanzaron la misma cantidad de pasos y dieron media vuelta, en ese preciso momento comenzó un fuerte viento que difuminó los cánticos de la tribuna, ocultó la señal del arbitro de que jugaran; las señales televisivas, colapsaron; las frecuencias de radio, se disiparon; las redes, se atrofiaron; las telefonías, enmudecieron; las cámaras fotográficas, se cegaron; las luces fueron menguando, sólo quedó iluminada la cantidad de terreno que delimitaban ambos jugadores y unos cuantos metros hacia los costados. De aquello que estaba a punto de ocurrir, sólo habría relato; como cantos de una época mitológica, como las maravillas del mundo antiguo: no habría más vestigios que lo que la gente dijera. Los hinchas se agitaron, se alteraron, querían inspirar a sus ídolos a lograr lo nunca antes conseguido.
El delantero corrió, pateó; el portero se agazapó, se lanzó; imperó la oscuridad, imperó el silencio, el viento cesó.
Quedan las ruinas de lo que se cree fue un campo de futbol, no hay rastros de hinchadas, de batallas, de papeles, de trapos, no hay ecos de aliento, sólo dos instrumentos que cuentan lo sucedido y un testigo mudo y ciego: un bandoneón, un saxofón y una pelota.

En la memoria colectiva no hay registros de algo, no hay antecedentes; las voces mezcladas de ambos instrumentos y los caprichos de la pelota, dejan esa sensación de búsqueda, de rumbo, ni siquiera es recordado el nombre del juego; esto es quizá el origen del mismo, es quizá un sentido de la existencia, lo más puro de la vida.




gatts

miércoles, 30 de enero de 2013

Rally

Estuvo muy curioso porque fue en varios lugares, de pronto estaba toda la gente en París, andando sobre calles que por alguna razón conozco aun sin haberlas recorrido, avanzabas por el bulevard Saint Germain y en la ventana de Old Navy mostraba su rostro lo que buscabas; luego andabas por Buenos Aires, me parece que por Corrientes pero ineludiblemente como el mar llega a la orilla, todos llegaban a Lezama. En el parque, por ese caminito repleto de bancas y macetas, ese que te alcanza un viaje en el tiempo y te muestra algo de lo que fue esto que ahora observas, por ahí vas trazando un tango, sin dudas, sin prisas; me lo has contado al oído, el tango es inequívoco, aunque tropieces, no hay errores y sigues bailando; igual pasa con el amor, el verdadero, con el que los tropiezos son quizá para inventarse algo pero jamás para detenerse.
¿Viste que pasa a veces que sueñas algo y te levantas buscándolo, aunque quizá nunca antes lo hayas visto?
Así te ocurrió, en el sueño, hablabas de un sueño donde soñaste que soñabas que conocías a una persona con quien te entendiste a la perfección, porque hacía los comentarios justos y necesarios, como si fuera leyendo en voz alta cada uno de tus pensamientos.
Y estabas algo abatida por temor a que se tratase de una imagen que quizá tu memoria inventó y por ello lo creías tan real, tan tangible, tan palpable. Era como un rally: ibas a París para encontrar la pista que te llevara a Buenos Aires, para encontrar la pista que te llevara hasta lo que llamas hogar. Era como si mientras viajabas, todo un staff iba montando el escenario de tan importante instante.
Cuando lograbas regresar, avanzando por una vereda forrada de madreselvas, pasionarias, buganvilias, jacarandas, flamboyanes; cerraste tus ojos y seguiste, rozándolo todo apenas con la punta de tus dedos, como si las flores hablaran y tus manos las escucharan.
Al final del trayecto vislumbrabas como la lluvia se disipaba y ahí, donde las nubes se dispersan y emana la luz que el corazón te dicta seguir.

lunes, 14 de enero de 2013

Carta No. 1

15. diciembre. 2012

En pocos días, tenemos entendido
que termina el mundo,
pero ¿Qué mundo?

Primero disculpa el desorden de mis ideas,
las mostraré esperando hagan sentido,
si no, al final, tan solo haz la sumatoria:
te quiero.

Por una parte, tenía convenio editorial
con mis obsesiones, de permitirme llamarle un buen año
si me gastaba al menos una libreta en ese período;
esta vez faltaré a ese absurdo pensamiento,
restando no sé qué tantas hojas; al menos ahora veo
que el inicio del final de todas ellas, es para hablar de ti.

Para ofrecer un escrito con tintas barrocas
de lo que lleva ya tiempo sucediendo.

No me había animado a aceptar, siquiera a notar,
que el aliento me abandona cuando te miro,
debe ser algo bueno.

A veces tomo calle casi en ayunas,
solo llevo en el estómago tus sugerencias,
tus buenos deseos y el boceto de un encuentro
que denota sencillas conversaciones
y acota besos y abrazos.

Ten por seguro que los viajeros se cruzarán
con un semblante lejano, con una atónita mirada
que dos pies flotantes transportan,
esa cara de tonto, pasmado, que va pintando
las calles, de tu existencia se desprende.

Ahora mismo no recuerdo la intención de todo esto,
me gustas, ya lo sabes, no actúo más;
en verdad no se asoman razones y no hacen falta,
me centro en pensarte.

Que termine el mundo, aquél de ausencias,
de limitantes, de privaciones; ante la ciudad,
ante el fresco, vayamos rescatando lo magnífico
y comencemos a narrar el nuestro.




gatts

Carta No. 2

No antes, no después, las cosas
van en el momento justo;
tengo que lidiar con una noticia terrible,
y eso es mi apreciación.

Me parece que le van a sacar los colores al mundo,
el baile más alegre tendrá interpretación de fúnebre marcha,
pero esas son mis conjeturas.

Acá resaltan ciertas cosas;
tomaré mate, en verdad lo prefiero que al café,
no es por mi declarado amor por Argentina,
sencillamente lo prefiero, para explicar,
si es que me es posible, esto que ocurre.

En algún instante le hallé sabor al cine,
cuando antes lo repudiaba,
ahora me ofreces una maravilla de solución:
lo prefiero en casa, contigo;
saturando la cocina de tu risa,
saturando la casa de este cuadro de novela,
donde te diré que el cine europeo
es real, palpable, pero crecí con Hollywood
y su final feliz; y no hablo de salas de masaje
y su doble giro, pero acá, como recién leí:
"al carajo el final feliz, que esto nunca termine".

Entonces llevaba tiempo pronunciándote.
Lo otro, creo también haberlo confesado:
soy nuevo en el jazz, tal vez siempre lo sea.
De lo poco que conozco, puedo decir que quizá
lo atractivo del jazz es que siempre suena distinto,
aunque sea una melodía que haya escuchado
ya muchas veces; así es contigo,
eres como un jazz: siempre suenas distinta
y aunque te he escuchado mucho,
me es imposible dejar de hacerlo.

Tus manos que improvisan en piano,
tus ojos suaves como un sólo de viento,
tu respiración agitada que se difumina
tan sutil como los golpes de las baquetas;
y tus labios que van inventando
sonidos tan profundos que marcan el paso.




gatts