"Un músico que se acompaña de excelentes músicos sólo te dice que es también excelente". Popín Cantú, una tarde de sábado que caminábamos por el puente que conecta la redacción de Editora El Sol con su estacionamiento para ir a fumar.
Las grandes cosas que ocurren cada tanto.
Un 11 de junio de 1997 en la ciudad de Salt Lake en el estado de Utah en Estados Unidos, se jugaba el quinto partido de la Final de la NBA entre los Toros de Chicago y el Jazz de Utah.
La particularidad de este caso es que la estrella del equipo de Chicago llegaba al duelo presentando un cuadro de fiebre de 39° por intoxicación con alimentos. El juego lo ganó Chicago con 38 puntos de su jugador insignia, Michael Jordan.
Con un evidente cuadro gripal, que aunque insistió en mencionar que ya iba de salida (la gripe), se presentó Kevin Johansen en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, Argentina.
Acá no estaban Pippen ni Rodman ni Harper ni Longley ni Kerr ni Parish ni Wennington ni Kukoc para acompañarlo a Jordan, pero estaban Álvarez, Cheba Massolo, Espina, Padín, Said, Reboratti, Massolo y Roizner para acompañarlo a Johansen.
Uno siempre sueña encontrar sus propios cronopios, que las notas revienten por todo el teatro y poder desintegrarnos para reintegrarnos junto a esa lluvia multicolor.
Resultó ser una de esas fiestas que con el tiempo se evocan con inmenso agrado: cumbia, balada, chacarera, funk, aplausos, risas y baile.
Lo que el público no llenamos con presencia, Johansen y The Nada supieron ocuparlo con su desgenerado sonido.
"Hacemos esto porque amamos la música, no porque acerque minas o nos deje plata", dijo Kevin al final de nuestra breve conversación; y es una frase muy delicada porque hay que comprobarla en la pintura.
Michael Jordan demostró con sus 38 puntos y sus 39 de temperatura que ama al basquetbol; Kevin Johansen demostró con su gripe que ama la música.
Lo de Jordan fue un 23 en el jersey; lo de Johansen y The Nada, un 23 en el calendario.
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